Pillé el COVID-19 en marzo de 2020, con 15 años. Fui totalmente asintomática. Desde entonces, empecé a tener dolor y fatiga constante, además de otros muchos síntomas.

En un principio pensé que se debía a la cuarentena, al estrés, a la falta de actividad… Pero, tras volver a mi vida diaria, me di cuenta de que algo había cambiado en mí de forma irreversible.

Fui a mi médico de cabecera, quien me mandó a múltiples especialistas, de los cuales ninguno encontraba nada extraño en mí, pero yo cada día me encontraba peor. Probé terapia psicológica, aumenté mi nivel de ejercicio físico y, aunque eso parecía ayudar al principio, pasaban las semanas y el declive físico y sintomatológico era notable.

Fui a médicos privados, donde, por primera vez, me hablaron de la posibilidad del síndrome post-COVID, de la fibromialgia y demás.

Insistí durante casi tres años, hasta que mi médico decidió mandarme a una internista, quien, en su primera cita conmigo, me preguntó si alguna vez me había evaluado un neurólogo. Me mandó hacer estudios de conducción nerviosa y me derivó a un neurólogo para que me evaluase.

Tras el estudio de conducción nerviosa, decidieron ingresarme para hacerme más pruebas. Allí determinaron que tenía una enfermedad neurológica posiblemente genética y me mandaron gabapentina para ayudarme a gestionar el dolor.

Me mandaron a otro hospital para continuar con las pruebas. Un año después, por fin me hicieron las pruebas en las que pudieron observar una duplicación en el gen PMP22, confirmando así que tenía CMT1A.

Pero la gran mayoría de mis síntomas seguían sin explicación. Mi neurólogo dijo que debían ser consecuencia del síndrome post-COVID, pero no me dio ninguna solución más allá de añadir 60 mg de duloxetina a mi tratamiento.

Actualmente, con 21 años, sigo buscando respuestas y, sobre todo, soluciones. Sigo empeorando día a día y, aunque la medicación ha ayudado, mi vida ya no es la que era.